Viniste a mi, como prueba de tu astucia y mi paciencia.
Llegaste porque querías conocerme y conocerte, y
me enseñaste el valor del 'para siempre'
luego, del 'nunca',
uno de los dos ha dolido demasiado.
Nunca supe lo que era amar,
hasta que te fuiste,
ahí te amé como nunca.
Para siempre.
Me quedó la inspiración,
y mi musa, de cabello azabache, piel bronceada y genialidades de varón,
Me quedaron tu risas bullosas y tu mal humor,
me quedó el afán de verte contento,
por encima de mi.
Llegaste para decir, que yo había calado en ti,
y lo mejor que había hecho mi atrofiada insensatez era,
haber pasado por la tuya,
¡Hombre!, que tendrás vos que mencionarme en tus suspiros,
si soy yo, quien tiene que agradecer,
tu maravillosa cercanía conmigo.
Te vi ayer, como un sujeto valiente, invencible e inmenso,
Hoy, en cambio, te miro como el hombre con más porrazos en los nudillos,
esos que son de batalla,
te veo golpeado,
aprendido,
exhausto,
pero en pie.
Como Aquiles,
Eros,
Ulises,
mi Leónidas.
Tengo aún, tanto que aprender de vos,
que el alfabeto tampoco alcanzaría para narrarte después,
entendí que no viniste a mi para convenir,
sino, para escribir tu historia,
Que sepan que eres un combatiente,
de esto que llaman 'vida', donde
yo tuve el albur de coincidirla.
Y si es por mi, dije una vez, he de tenerte aquí.
Ironías de la vida que hoy sepa,
que las grandes sugestiones,
no están en el lado izquierdo de quien las inspira.
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